martes, 20 de octubre de 2026

Semilla de aventura: La Feria y el Laberinto

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A veces la Feria alcanza de improviso a una ciudad: en sus ejidos aparecen carpas, espectáculos y atracciones de todo tipo, brillando en la noche como el rocío al amanecer.

Y aunque no pocos miran con aprensión su repentina llegada y los rostros siempre sonrientes de los feriantes bajo su maquillaje y sus máscaras —pues les inspiran temor los rumores que corren entre los más viejos—, son más los que acuden a ella siguiendo la llamada de su maestro de ceremonias.

El Increíble Colimbo, el autoproclamado hombre más divertido del mundo (que casi siempre aparece como un varón alto y enmascarado, engalanado con un vistoso uniforme, reluciente de terciopelo y botones dorados) actúa continuamente en la Feria con sus mil chistes, cien disfraces e inacabables trucos, no todos tan graciosos, pues sus gestos parecen interrogar a la mente para sonsacar lo que los labios no quieren decir y revelarle lo que los ojos no quieren ver.

Pero la Feria no es solo diversión y algarabía, y hay otros, una minoría gris y sombría, que acuden a ella a sabiendas, con un plan. Pues algo extraño ocurre bajo tierra en los alrededores del festival: los viejos sótanos se ensanchan hacia la oscuridad, en las bodegas aparecen puertas que jamás estuvieron ahí, misteriosas trampillas llevan a escaleras aún más enigmáticas, pequeñas cuevas entre las rocas se convierten en grutas, meras alcantarillas parecen abrirse como bocas sedientas. Y todas llevan al mismo lugar: el Laberinto.

Los exploradores que siguen a la Feria para saquear las profundidades malditas de esta hiperestructura, donde se esconden tantas riquezas como horrores, se ven a sí mismos como balleneros. Saben que el Laberinto se mueve bajo tierra como un animal de naturaleza insondable, cerrando pasajes tras de sí y abriendo otros nuevos para extenderse allá donde se dirige. Y saben, o creen saber, que la Feria es una extensión del Laberinto: como el chorro de un cetáceo al respirar... O como el anzuelo luminoso de un pez abisal, a fin de atraer a los incautos, ya sea para que sean arrastradas por sus criaturas —irreconocibles entre la marea de máscaras— o para que ellas mismas entren por su propio pie.

Pero tanto víctimas como cazadores son pocos. No muchos llegan a ver la insondable red de túneles que se extienden en completa oscuridad a lo largo de leguas y muy muy profundo. Este subterráneo, sea lo que sea, parece haber devorado civilizaciones a su paso y haber crecido a sus expensas tanto en tamaño como en cantidad de valiosísimos tesoros... Pero también en el número de sus horrores. Criaturas innombrables la recorren al acecho (no siempre fáciles de distinguir de los abigarrados feriantes y enmascarados de la superficie); inocentes sufren sin motivo en sus cámaras de exquisita tortura, víctimas se derraman en sus altares impíos bajo el ministerio de risueños covielli, exploradores incontables mueren en sus trampas arbitrarias, caras talladas en piedra sonríen por doquier.

Pues el Laberinto es claramente hostil, pero no lo es para defenderse. Quienes buscan sus profundidades casi se sienten puestos a prueba o incluso invitados, tanto a entrar como a bajar y bajar, tan solo una escalera más. Sean cuales sean los designios del Laberinto, requiere de voluntarios. Y ese es el fin de la Feria, concluyen los exploradores: atraerlos, atarlos y arrojarlos a las asechanzas interminables del Laberinto. Todo entre constantes frescos y bajorrelieves de dioses selváticos que se alimentaban de sacrificios, reyes de naciones perdidas por dar culto a horribles demonios, doncellas desposándose con aberraciones serpentinas o príncipes que por su crueldad terminaron siendo enterrados vivos por sus aterrados súbditos, y que, al estudiarse con atención, se repiten camuflados en los coloridos decorados de los puestos de la Feria.

Pero los más veteranos de entre los exploradores, quienes han pasado más tiempo siguiendo a la Feria y bajando muy profundo en el Laberinto y escuchando las historias de quienes llegaron aún más hondo que ellos, sospechan que hay algo de lo que se olvidan: de que a veces se puede oír una risa lejana en el Laberinto, de las extrañas bromas que parece gastarles, de cómo podrían jurar que todo parece ser un espectáculo diseñado para entretener a una única persona. Y se preguntan si el Magnífico Colimbo es realmente solo el cebo del Laberinto y no su corazón y cerebro, observándolo siempre desde todos sus ángulos y riendo misteriosamente cuando uno de ellos encuentra su final en las profundidades. Y mientras una voz susurra que en el fondo del laberinto no les espera y les tienta ni la gran cripta de la que hablan algunos ni el hogar del ser vampírico que esperan otros, sino el Palacio de la Fiesta y los Juguetes del Gran Colimbo. Eternamente.

Después de todo, la Feria no termina en la superficie: sigue habiendo puestos, espectáculos y carpas en el Laberinto. Pero estas son versiones retorcidas de las atracciones del exterior, esperando a los aventureros como si supieran que iban a llegar, tratando de hacerles perder tiempo, de venderles algo, de darles información con los más crípticos acertijos o de atraerlos para poder darles muerte en uno de sus retorcidos juegos. Después de todo, si algo está claro, es que la Feria es tan interminable como el Laberinto: como hombres sin ley que son, los exploradores han matado al Maravilloso Colimbo o han reducido las carpas y atracciones a cenizas cientos de veces, solo para verlos reaparecer en la siguiente ciudad, como si nada hubiera pasado, salvo por una mueca de divertido desdén en la comisura de los feriantes.

No pocos se preguntan qué pasaría si bloquearan todas las entradas al Laberinto; si la Feria se agostaría y desaparecería definitivamente, o si por el contrario, esta siempre haría que alguna abertura se reabriera en el lugar más insospechado. Porque, si el Laberinto puede existir sin la Feria, ¿por qué no habría de ser también al revés? Y con esto alguno se pregunta si ambos podrían existir sin ellos, los aventureros, si no son quizá más que clientes entrando en la mayor, más mortífera y más selecta atracción de todas las que anuncia el Misterioso Colimbo desde el escenario, y en la que cada gota de su sangre es el precio de la entrada.

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